Testigos de un nuevo tiempo

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Lo dijo Albert Camus, uno de los hombres del siglo XX que más capacidad tuvo para leer e interpretar el hondón del alma humana: una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala. En semejante mundo en el que todo se cuenta, el arma más accesible y a la vez más mortal es la divulgación, la información gritada a los cuatro vientos. Viene al caso esta reflexión ahora que los testigos del nuevo mundo que se avecina se ven condenados a la contemplación de los horrores y los prodigios a partes iguales; de los fabulosos adelantos científicos y tecnológicos del siglo XXI y de las grandes masacres del terrorismo de nuestro tiempo, ciego y voraz como una alimaña salvaje, que usa la sangre como propagadora del miedo.

¿Contarlo o no contarlo? ¿Señalarles con el dedo acusador como culpables o hacer oídos sordos a las explosiones de odio que anuncian su llegada para minimizar sus efectos propagandísticos; usar los altavoces de los medios como elemento identificador o callar cualquier atisbo de información que pueda dar pistas a los terroristas…? Estas y otros cientos de preguntas que flotan en la calle alrededor de la comunicación y el qué hacer y cómo son cuestiones que se arrojan a los profesionales que manejan material sensible e inflamable: el conocimiento.

La respuesta no es sencilla para el común de los mortales. Nuestra sociedad se caracteriza por una inquietante combinación de civilización y de barbarie, un cóctel que expresa lo capaz de lo mejor y de lo peor del ser humano y todo se entremezcla. ¿Cuál es la barrera que no ha de saltarse, cuál la última frontera? No es fácil detectarlo. Pero los medios de comunicación, sea cual sea su formato y el líquido elemento en el que se muevan, tienen la obligación de ser centinelas a la hora de detectar señales de peligro; el deber de ser enviados especiales de la sociedad ante el poder, los grandes acontecimientos y las pequeñas cosas, Hay un “qué decir” y un “qué pensar” que está al margen y por encima de las modas y que corresponde a la decisión personal de cada uno, por encima de cualquier vehículo de expresión.

El periodismo se mueve –y se moverá más aún en los próximos años…– por tierras desconocidas e inexploradas: la globalización y las nuevas tecnologías lo han cambiado todo. ¿Es el fin de un mundo y el nacimiento de otro? Esa sensación da. Es lógico sentirse desorientado pero está prohibido perder el norte. Porque lo que cuenta, ese derecho del hombre libre a  saber qué cosas pasan para poder tener algo que ver con el mundo, es lo esencial. Los hombres y mujeres de la tierra han dado al periodismo una encomienda: sal ahí y fuera y tráenos alimento a la cueva. Han cambiado las herramientas, esas que tanto fascinan, y los canales por los que navega la información. Es cierto. Como también lo es que hay toda una barahúnda de información que circula sin códigos. Cualquiera dice lo que quiere y donde quiere en nombre de la libertad. Bienvenidas sean las puertas abiertas.

Pero ustedes, gente de la comunicación, no pertenecen a esas leyes. Ustedes tienen el mandato divino de la calle, son los profesionales, los titulares en la Liga. Hoy en día opina, miente, informa, difama, exagera, glosa y analiza cualquiera. Es la ley de la selva, oímos decir. ¿Qué hacer entonces? El fútbol nos ofrece una buena metáfora para entenderlo. En los patios de  la infancia, recordarán, se decía: tres córner seguidos equivale a un penalti; “alta ha sido alta” cuando uno no llegaba al balón en aquellas porterías imaginarias sin postes ni travesaños, a lo sumo con un par de jerséis que delimitaban la frontera. Jugábamos 14 contra 16 y sin horarios ni descansos, hasta el anochecer. ¿Anonimato? ¡Qué va! Yo era Rivelinho (debilidades de un zurdo…) y aquel otro Pelé. Más allá jugaba Cruyff y el que llevaba el balón se llamaba Maradona y jugaba siempre. Ese  era nuestro fútbol. Pero estaba ese el otro, el de los futbolistas profesionales, con sus reglamentos y sus espacios para la inspiración, con sus competiciones y sus entrenamientos. Eran dos fútboles y conviven desde entonces sin que uno haya matado al otro. Aprendamos.

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